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el laberinto

sigo el odiado camino de monótonas paredes que es mi destino...

EN LA DESPENSA

         En la despensa entraba un poco de luz bajo la puerta, en una delgada y brillante línea que permitía distinguir las juntas entre las rojizas losas. Había una cesta de mimbre de varios colores que la abuela había regalado a su madre. La cesta estaba siempre llena de bolsas de plástico de diferentes tipos, formas, tamaños y colores. Le encantaba estar allí sentado, en verano era seguramente el sitio más fresco de la casa. Cuando se metía en la despensa no le hacía falta llevar juguetes, podía estar durante horas jugando con aquellas bolsas. Unas las estiraba, otras las hacía pelotitas. Había cogido tal soltura manipulando esas bolsas a lo largo de los años que ya era capaz de hacer animales. Con las pelotitas la cabeza. Con las estiradas anudadas, el tronco y las patas. Le encantaba jugar con las bolsas, se olvidaba de todo lo que sucedía fuera de aquel cubículo en penumbra. Había llegado a dormirse allí mismo, encogido en el suelo.

 La despensa era su refugio. Allí apenas se escuchaban los gritos, las voces, los golpes que normalmente había al otro lado de la puerta. Por eso, corría a esconderse allí cada vez que la situación lo requería. En sus escasos ocho años de vida, había pasado gran parte de su tiempo entre el colegio y aquella despensa.

 Estaba aquel día dibujando en un cuaderno la casa de la abuela, el palomar, los perros, las matas de habas, la higuera. Dibujaba a menudo ese pequeño edén de insectos, plantas, animales y barro, mucho barro. Porque otro de sus grandes placeres era fabricar bolas de barro. Todo estaba tranquilo, cuando empezaron los gritos. Estaba en el salón, bastante lejos de la despensa, pero tomó algunos lápices de colores, su cuaderno y salió corriendo hacia su guarida. Su padre y su madre se portaban bastante mal. En el colegio, hubiesen estado semanas enteras sin recreo o mirando a la pared un rato muy muy largo. Pero, aquel día, quizás la profesora llamase a la abuela para hablarle de lo mal que se portaba su padre y le obligaría a pedirle perdón a su madre, a hacer las paces con ella y prometer que nunca más volvería a hacerlo.

 ¿Los mayores tenían maestros? No estaba muy seguro. Serían maestros muy muy viejos, si los tenían. Recordó que su padre hablaba de un hombre que le reñía mucho, su jefe. Los jefes serían como los profesores de los padres cuando los profesores son ya muy viejos y se iban a vivir con otros viejos porque estaban ya hartos de los niños, como el abuelo Marco. Tenía que hablar con el jefe de su padre, pero él no sabía donde estaba ese hombre, ni cómo se llamaba ni donde vivía. Tenía que decirle que tenía que castigar a su padre, mandarle deberes para casa, mandarle una nota a la abuela o incluso, llamarla para hablar con ella. Todas estas cosas pensaba, porque no estaba muy seguro de cómo se castigaba a los padres cuando se portaban mal. No sabía que podía hacer.

 Estuvo mucho rato pensando en cómo la señorita Mati había castigado a sus compañeros cuando se portaban mal. Al que más castigaba a era a Miguel, que le había pegado a todos los niños de su clase. Hasta un día le pegó a él y sólo porque se había reído cuando otro niño le dijo “cabeza pera”. Era verdad, tenía cabeza de pera. Los padres de Miguel había tenido que ir muchas veces a hablar con la profesora. Su padre también tenía cabeza de pera, pero de una pera más grande y con bigote. Su padre ya no vivía con ellos. Paquito le había contado que el “cabeza pera grande” se había ido a vivir a otro sitio porque Miguel se portaba muy mal. Miguel era vecino suyo y a veces, jugaban a las chapas. Si perdía, le pegaba y ya no eran más amigos. Pero, cuando eran amigos le contaba cosas de su padre. Su tío Antonio tampoco vivía ya con su tía Rocío. A eso se le llama divorciarse, eso le había dicho la abuela a su primo Toni. “¡Ya sé lo que voy a hacer!”

 No dejaban de escucharse gritos.

 Estuvo escribiendo mucho rato con el lápiz verde, tumbado en el suelo de la despensa. Escribió dos páginas enteras. Nunca había hecho una redacción tan larga, ni cuando se lo mandaba la señorita Mati. Estaba tan cansado que se durmió sobre el cuaderno, con el lápiz en la mano.

 “Marcos, hijo, ¿te has quedado dormido? Pobrecito, mío”

 Su madre estaba en la puerta, había llorado mucho. ¿Tendrían que castigarla también  ella? Ella también había gritado. La abuela o el jefe de papá sabría qué castigo darle a cada uno.

 “¿Qué tienes ahí? ¿Qué has estado haciendo?”

 “Nada, una cosa. No puedes verla.” Respondió un poco enfadado.

 “Enseñámelo, anda. Venga guapo, Marquitos, enséñaselo a tu mami”

 Apretando el cuaderno contra el pecho, salió de la despensa. Llevaba tanto tiempo allí metido que se hacía pis. Salió corriendo hacia el baño, mientras su madre lo observaba con una sonrisa. Soltó el cuaderno sobre el bidé y se bajó la cremallera apresuradamente. En esto, llegó su madre y cogió el cuaderno.

 Ella iba leyendo, él la perseguía intentando quitarle el cuaderno que mantenía en alto.

 “Queridos papá y mamá:

 Lleváis mucho tiempo portándose mal. Yo estoy jarto ya porque os portais mal  todo los días. Yo me meto en la despensa y juego con las bolsas. Pero, seguís portandoos mal. He visto que os pegais. Voy a decírselo a la abuelo Marcos, a la abuela Rocío y al abuelo Martín para que os castiguen para que os porteis bien un día. También voy a chivarme a vuestros jefes, para que os dejen sin recreo o os manden deberes para casa. Estoy jarto como el padre de Miguel o el tío Antonio. Quiero divorciarme de vosotros. Voy a irme a vivir con la abuela Rocío que no pelea con el abuelo Martín ni se porta mal. La abuela no tiene despensa pero no la necesitaré porque no tendré que esconderme más.

 Marcos”

 A su madre le cayeron lágrimas por las mejillas. Abrazó al canijo Marcos.“Se ha dado cuenta de que no tiene que portarse mal” pensó Marcos.

P.D.: a los que no tienen ni tendrán voz ni voto

TETRAPLEJIA

Todos los miércoles comíamos en el mismo restaurante, pero hace un mes dejó de venir. Por aquello días, perdió esa adicción suya a tenernos al teléfono durante horas, saltando de un tema a otro, sin que la conversación llegase nunca a concluirse más que por la hora o porque alguna tuviese algo que hacer. Ni aparecía ni llamaba ni cogía el teléfono. Por eso me sorprendió tanto cuando me llamó esta mañana, pidiéndome que fuese a verla a su casa.

Después del trabajo, tal y como había quedado con ella, fui a su casa. Me abrió la puerta su madre y me llevó hasta su dormitorio, ese lugar detenido en el tiempo desde que estábamos en el instituto. Me hizo gracia encontrarla tumbada junto al osito que le regaló su primer novio, bajo un poster de un Alejandro Sanz casi adolescente.

Con aire solemne, como si fuese a hacerme una gran revelación comenzó un monólogo que apenas fui capaz de interrumpir.

“¿Qué pasa, guapa? Qué suerte tengo de poder contar contigo en días como hoy. Sabes, necesitaba ya contárselo a alguien. No puedo más… No puedo más… Esta situación me está sobrepasando.”

“Habrás notado que llevo unos meses algo diferente, con lo sensible y profunda que has sido tú siempre”. Yo no notaba nada, la verdad, pero asentí con la cabeza.

“Verás, voy a empezar por el principio. Hace como tres meses empezó todo…”. Se le saltaron las lágrimas, se contuvo y continuó la perorata. Entonces me dí cuenta de que era “la elegida” de entre toda la pandilla para “comerme el marrón”, escuchar la gran revelación y dar el consejo de todos los consejos.

“Bueno, mujer, no te preocupes… cuéntame lo que te pasa y procuraremos solucionarlo. Pero, sin saber lo que te pasa realmente no tengo manera de ayudarte”.

“Eso… que hace tres meses, me levanté una mañana y había perdido la movilidad en los dedos de los pies”. Ni que fuera una mona que necesitase pelarse los plátanos con los pies, pensé.

“La cosa no quedó ahí, porque todavía sin mover los dedos de los pies podía andar estupendamente. Después, al na’ de tiempo, días, días después, perdí la movilidad en los tobillos. Tenías que verme, parecía que llevaba unas botas de esquiar, andaba como un robot… un flipe”. Yo si que estaba “flipando”.

“Pero, tía, si hace dos o tres meses estuve comiendo contigo y te vi que llegaste andando y que fuiste lo menos diez veces a mear en la comida… ”. Sentía la necesidad de poner cordura en aquella conversación.

“No, no, no. Ni te imaginas el esfuerzo tan enorme que hice para llegar a la comida. Estuve entrenando en mi casa, hasta que decidí ir… pero, cuando ya era capaz de andar moviendo sólo las rodillas. Igual que cuando tienes las piernas dormidas. No sabes lo que me he esforzado estos meses para que nadie se preocupase… Bueno, sigo… que fui perdiendo la movilidad de abajo hacia arriba. Hace cosa de un mes, fue cuando llegó la parálisis casi total de mi cuerpo. No puedo ni bañarme, ni peinarme, ¡ni pelar una patata, vamos! Por eso ni os he llamado a ninguna. Además, sé que estas son unas frívolas y no iban ni a escucharme… pero, tú no… que has sido mu’ psicóloga siempre de todas”. Qué suerte la mía y la de mis dotes de psicóloga.

“Pues eso, que estoy ya que apenas puedo casi ni mover la cabeza y he querido contártelo todo para cuando se me paralice la lengua, alguien sepa lo que me ha estado pasando estos meses… ay. ¡Un auténtico calvario!”

“Pero, mujer, ¿has ido al médico? Estas son cosillas que no se solucionan entre amigas en una charla”. Fue lo único que se me ocurrió decir.

“¿Médico? ¡No quiero ver un médico en lo que me queda de vida! La pesada de mi madre está con esa “perra” todo el santo día “calentándome la olla”… Que si ve al médico, que lo que te pasa no es normal, que si yo pago lo que haga falta pero tú no puedes estar más tiempo metía en esa cama… ¡Cómo si los médicos pudiesen resolverme este problema mío! ¡Que no, mujer, que no! Pero, ¿tú no sabes que esto no tiene cura? ¡qué esto ya es pa’ to la vida!”.

“Tranquilízate, mujer. Si yo sé que la gente que se queda… “así”, por un accidente no se recupera. Pe-ro, la gente a la que le pasa “esto” poco a poco suele ser por alguna enfermedad y con el tra-ta-mien-to adecuado, puedes recuperarte sino completamente, al menos, un poco. En serio, deberías plantearte lo del médico”

“¡Que no, que no! Que esto es crónico y degenerativo, que lo he leído. Que es pa to’ la vida y va a peor, siempre a peor… Pero, tú no te preocupes por mí, déjate de médicos. Sólo que antes de perder el habla necesitaba contárselo a alguien, a alguien tolerante y comprensivo”. Y me tocó.

“Pero, no quiero entretenerte más, que tu estás mu’ lia’ con el “curro”. Anda, vete ya. Dame un beso, guapa y vete por ahí a disfrutar de la vida, tú que estás como una pera”.

“Bueno, niña, pues que te mejores y piénsate lo del médico, anda, tía melona. Hazlo por mí, al menos, y por tu madre, que la pobre mujer se preocupa”.

Una persona que empleaba una gesticulación tan exagerada que a veces, parecía que estaba haciendo un espectáculo de mímica. Una persona que se había pasado todo el discurso paseándose de un lado para otro de la habitación, alzando los brazos clamando al cielo, llevándoselos al pecho dramáticamente… no estaba paralizada. Ella siempre tenía alguna excentricidad guardada en la manga, sin embargo, esta vez se había pasado todo un mes preparando su “espectaculito”.

Cuando llamé a las otras a contarles la “escenita”, no sé sorprendieron. Realmente, siempre pensamos que tenía un talento especial para el teatro, la performance o incluso, quizás, el cine. Siempre tuvo mucha imaginación y creatividad… y ese punto de locura que se supone que tienen todos los artistas.

Desde aquel día, no había vuelto a recordar está conversación hasta que la he escuchado en un cd que me ha llegado por correo, con una nota de su madre. Finalmente, se paralizó por completo.



un poquito de mafalda

 
 
Cuando seas mayor...
 
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                                    ¿qué quieres tener?

la paz

"No se puede encontrar la paz evitando la vida"
Virginia Woolf

andando...

"Andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"
Julio Cortázar
RAYUELA
 
P.D.: Porque nunca sabes donde te llevarán tus pasos, que o a quien encontrarás... ¿lo mejor siempre está por llegar? Quizás, lo tengas muy cerca tuya, no seas capaz de darte cuenta y estés perdiendo la oportunidad del disfrutar al máximo... quizás, no. Quizás, quieras exprimir al máximo lo bello que te toca vivir en este instante.
 
 

Patricia

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"quiere vivir una vida diferente cada día"
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